Porción 136: El dador alegre.

Texto áureo: Dt. 26

Lecturas para adultos en la semana:
Dt. 26; 2 Cr. 14; 2 Cr. 28; Job 1-2; Sal. 120-121; Lc. 16

Descripción del tema:
1. De la misma manera que la nación debía ser responsable de proveer para los sacerdotes, también era responsable de ayudar a los necesitados (v.12). Tres palabras ilustran esto: «Y ahora, he aquí he traído»[1]. La palabra hebrea atá (עַתָּה) que significa ‘ahora’ implica inmediatez, porque toda ofrenda de ayuda debe darse con prontitud para no prolongar la angustia de los necesitados. Una persona que da sin dilación está mostrando su sensibilidad con el dolor del prójimo y, a su vez, estimula ese tipo de actitud. Por otra parte, cuando alguien se preocupa y entiende la urgencia del necesitado, este último eleva su autoestima y recibe esperanzas. Hiné (הִנֵּה) es un ‘he aquí’ que implica alegría y felicidad. Es primordial que cuando se dé se haga con todo el corazón, es decir, con una sonrisa, con una palabra amable, con la transmisión de algo mejor que acompaña a la ofrenda en sí. Con esto se protege al necesitado de la vergüenza y, a la vez, se le permite mantener su dignidad. Casi siempre para el que está en necesidad pedir se convierte en una carga paralela, llegando a ser una experiencia humillante aun cuando en realidad no lo sea. Para evitar eso a quien se ama, los donantes deben hacer todo lo posible para protegerle de esta degradación. Por eso también dice que una mano no se debe enterar de lo que la otra haga[2], porque no es beneficioso sólo para el que da, sino también para el que recibe. Heveti (הֵבֵאתִי) significa ‘he traído’ e implica una conciencia del oferente que entiende que su ayuda no viene de él, sino que es un regalo de Dios hecho a través de él.

2. Dt. 26.11 habla de algo incomprendido por la humanidad. ¿Cómo puede ser que del fruto de su trabajo alguien se sienta contento de darle a otra persona? En primer lugar, Dios asegura que ante tal acción el individuo tendrá todas las razones del mundo para alegrarse y estar satisfecho. Solo que aquí descubrimos la perversidad del pecado, que no permite estar satisfecho con lo que se tiene. A pesar de haber tenido algún éxito, continúa inquieto, desea más de lo que ya tiene y luego deseará un poco más, pensando que con aquello que da, caerá en quiebra o pérdida irreparable. Cuando la persona valora que aquello que tiene ha sido un regalo de Dios y que Él sabe que lo necesita para su bienestar y sustento, entonces es obvio que su vida va a estar bien sin aquello que dará. Por lo tanto, en vez de quejarnos por lo que “perdemos”, debemos alegrarnos por lo que sí tenemos, ya que eso último demuestra que nunca seremos desamparados por Dios.

3. Existe otra realidad a partir del dar: La ausencia de esta acción en un creyente puede llevar al resentimiento y a la envidia, lo que culminará en odio. En la sociedad tan competitiva en que vivimos hoy es muy fácil caer en la trampa de la codicia y enfocarse en lo que no se tiene, en vez de prestar atención a lo que ya se tiene. El antídoto para esto y también un estímulo para diezmar y ofrendar se encuentra en aprender a comenzar el día con una genuina acción de gracias al Creador, de esa manera esos sentimientos nos podrán acompañar a lo largo del día, impregnando todas nuestras actividades. Caminando un poco más en profundidad podemos decir que es muy importante también aprender a dar cosas que tenemos de alto valor e inclusive aquellas por las que hemos agradecido al Señor. Como alguien ha dicho: Aquello que se pierde es lo que más se valora. De la misma manera, muchos valorarán más las bendiciones divinas sólo cuando las pierdan o entreguen. Por ejemplo, ¿Abraham dejó de amar a su hijo Isaac cuando lo ofreció en sacrificio? Claro que no, de seguro que su amor y valoración fue en aumento en cada minuto que pasó desde que tomó la decisión de hacerlo. Cuando damos a Dios incluyendo lo que más valoramos, entonces comprendemos cuán afortunados hemos sido de ser bendecidos por Él.

4. En la porción encontramos de forma muy especial que, para evaluar el estado espiritual de uno mismo en forma adecuada, la clave se encuentra en la confesión, por eso dice: «Y dirás delante de tu Dios»[3]. Es decir, que se debe decir a Dios de manera explícita en qué se ha tenido éxito y en qué se ha fracasado. Las ciencias psicológicas de hoy han confirmado que los pensamientos que atraviesan constantemente la mente, incluyendo aquellos que son sublimes, mayoritariamente no perduran. Para que esto suceda estos deben ser expresados en palabras por una sencilla razón: Los pensamientos predominan cuando las ideas son expresadas y clarificadas. Claro está, por lo general es muy difícil admitir explícitamente que se ha actuado mal; el ser humano tiene la tendencia a excusarse constantemente desviando su culpa. ¿Por qué a la mayoría de las personas les cuesta trabajo esto? Porque sin la aceptación y convicción en un estándar absoluto de lo que es correcto y lo que es incorrecto, no hay razón alguna para admitir los errores. De ahí que seamos excelentes para racionalizarlo todo, sin entender el daño que esto puede hacer. La persona que expone la desagradable verdad: «¡He pecado!», está dando el primer paso hacia el milagro interior más necesario y significativo.

Preguntas:
a) Analice Lc. 16.11-16 a la luz de esta porción.

b) Como respuesta a aquellos que pretenden cancelar los diezmos y las ofrendas, ¿cómo les explicaría usted acerca del valor comunitario que ambos tienen?

c) ¿Cuál ha sido su momento de más dificultad para dar y por qué?

d) Enriquezca a su grupo con un testimonio acerca de la fidelidad de Dios cuando usted ha dado a otros.

 


 

[1] Dt. 26.10

[2] Mt 6.1-4

[3] Dt. 26.13