Una clase para jóvenes (14-21 años).

    Una pregunta conque debería comenzar todo maestro de jóvenes cuando estos llegan el primer día a la clase es: ¿Qué has venido a hacer al grupo? Pues todos saben que a una clase de jóvenes en la iglesia no se viene a obtener un diploma que ayudará en sus estudios de bachillerato, así que estás van a estar en la mayoría de los casos en una segunda o tercera posición en su escala de valores. Sin embargo, la razón por la que esta existe es que trata de enriquecer la vida de ellos con la Luz que creó todas las cosas. El maestro debe enforcarse en contribuir con la formación de ciudadanos que son hijos de Dios, hombres y mujeres capaces de razonar con sus propias cabezas a la sombra de Dios e impactar grandemente a su sociedad.

    Esta aclaración es necesaria hacerla y tenerla siempre muy en cuenta, porque la sociedad les hace entender de forma errónea que se estudia para alcanzar un diploma que va a ser usado en el mundo laboral y que ese es su verdadero futuro. El tutor y el supervisor, así como el instructor de artes o de deportes, deben luchar para que esto sea derribado en la mentalidad del joven creyente. La función de la enseñanza en la iglesia tiene un sentido más amplio y digno.

    En el arte de enseñar y aprender lo importante no son las metas del contenido como tal, sino la experiencia que se tiene durante el proceso. Ahí se encuentra la experiencia que les va a hacer mejores. Entonces, el principal aliado del maestro de jóvenes no es la rapidez con que se pueda alcanzar cada contenido, sino el tiempo de disfrute que se logre en el andar despacio para alcanzar ese contenido.

    Un gran escritor en una ocasión retrasó el prólogo de su libro por seis años para poder argumentar cuán importante es tomarse la educación con calma. Su prólogo en sí fue un alegato, un elogio a la lentitud. Él dijo: «Este prologo llega tarde a un güeno[1]demasiado. Qué son a fin de cuenta cinco o seis años. Un libro como éste, un problema como éste; no tiene ninguna prisa. Además, tanto yo como mi libro somos amigos del lento. No para nada he sido un filólogo, y tal vez aún lo sea, esto es maestro de la lectura lenta, al final acaba uno escribiendo también lentamente. Y es que la filología es ese arte venerable que exige ante todo una cosa de quienes la admiran y la respetan: situarse al margen, tomarse tiempo, aprender la calma y la lentitud, al ser el arte y el saber del orfebre de palabra, que ha de realizar un trabajo delicado y cuidadoso, y nada logra si no es con tiempo de lento.»[2].

    Esta idea paradigmática de la rapidez en la educación viene de la necesidad de alcanzar éxitos personales y solvencia económica, o sea una sociedad en que el utilitarismo empuja a ir de prisa. La única institución protegida de ese empuje y con más tiempo para dedicar a los demás debería ser la iglesia. Sin embargo, que triste que esta mentalidad ya se ha ido apoderando de ella y sus instituciones pedagógicas. La iglesia y sus programas educacionales no pueden ser gestionados como lo hacen las empresas educativas porque el fin de aquellas es su beneficio propio. Pero cuál es el fin de la iglesia si no el servicio a la humanidad. Es formar a los individuos, y esto sólo se hace dedicándoles tiempo.

    Entonces, una clase en la iglesia, cualquiera que sea, debe tener este mismo principio, lo que implica formar adoradores; hombres y mujeres consagrados a Dios, que muestren la santidad de Él, críticos de ellos mismos y de la sociedad con respecto al pecado y sus malos hábitos, capaces de transmitir valores y esperanza a la sociedad, y que amen con todo el corazón que la voluntad del Padre se haga en la tierra como mismo se hace en el cielo.

    La mejor manera que encontramos para ilustrar la relación que debe desarrollarse entre los maestros y los jóvenes, y viceversa, es aquella que se desprende de una de las más famosas obras de la literatura moderna: El Principito. Porque nos hace reflexionar sobre qué significa desarrollar una relación humana, donde la excelencia de la relación se encuentra en la reciprocidad entre ambas. ¿Por qué pensamos que es útil para el maestro de jóvenes?, pues por la sencilla razón de que los discípulos están en una edad donde ver resultados y utilidad de su persona es muy importante. El maestro que piense que va a una clase de jóvenes a entregar solamente, nunca llegará a alcanzar la efectividad plena de su llamado para con ellos.

     En esta obra, el principito llega de otro planeta al desierto y se encuentra con una zorra. El desea jugar con la zorra, pero esta se niega y le dice que no había sido «domesticada». Este término en francés es apprivoiser, que significa una mezcla entre dos significados: «domesticar» y «familiarizar». Aquí hay una paradoja: «domesticar» implica una relación entre un activo que domestica y un pasivo que se deja domesticar, sin embargo, «familiarizarse» implica una acción entre dos activos donde ambos serán “domesticados”, que es lo que realmente ocurre en la historia:

«Fue entonces que apareció la zorra:

– Buenos días —dijo la zorra.

– Buenos días —respondió cortésmente el principito, que se dio vuelta, pero no vio a nadie.

– Estoy aquí —dijo la voz—, bajo el manzano…

– ¿Quién eres? —dijo el principito—. Eres muy bonito…

– Soy una zorra —dijo la zorra.

– Ven a jugar conmigo —le propuso el principito—. Estoy tan triste…

– No puedo jugar contigo —dijo la zorra—. No estoy domesticado.

– ¡Ah! Perdón —dijo el principito.

Pero, después de pensarlo, añadió:

– ¿Qué significa «domesticar»?

– No eres de aquí —dijo la zorra—. ¿Qué buscas?

– Busco a los hombres —dijo el principito—. ¿Qué significa «domesticar»?

– Los hombres —dijo la zorra — tienen escopetas y cazan. ¡Es muy molesto! También crían gallinas. Es lo único interesante. ¿Buscas gallinas?

– No —dijo el principito—. Busco amigos. ¿Qué significa «domesticar»?

– Es algo demasiado olvidado —dijo la zorra—. Significa «crear lazos…».

– ¿Crear lazos?

– Claro —dijo la zorra—. Para mí, tú no eres todavía más que un niño parecido a otros cien mil niños. Y no te necesito. Y tú tampoco me necesitas. Para ti no soy más que un zorro parecido a otros cien mil zorros. Pero, si me domesticas, nos necesitaremos el uno al otro. Serás para mí único en el mundo. Seré para ti único en el mundo…

– Empiezo a comprender —dijo el principito—. Hay una flor… creo que me ha domesticado…

– Puede ser —dijo la zorra—. En la Tierra se ven todo tipo de cosas…

– ¡Oh! no es en la Tierra —dijo el principito.

El zorro pareció muy intrigado:

– ¿En otro planeta?

– Sí.

– ¿Hay cazadores en ese planeta?

– No.

– ¡Eso sí es interesante! ¿Y gallinas?

– No.

– No hay nada perfecto —suspiró la zorra.

Pero la zorra volvió a su idea:

– Mi vida es monótona. Yo cazo gallinas, los hombres me cazan a mí. Todas las gallinas se parecen, y todos los hombres se parecen. Por eso me aburro un poco. Pero, si me domesticas, será como si mi vida se bañara de sol. Conoceré un ruido de pasos que será diferente de todos los otros. Los otros pasos me hacen volver bajo tierra. Los tuyos me llamarán fuera de la madriguera, como una música. Y, además, fíjate: ¿ves allá los campos de trigo? Yo no como pan. El trigo para mí es inútil. Los campos de trigo no me recuerdan nada. ¡Y eso es muy triste! Pero tú tienes cabellos color de oro. ¡Entonces, cuando me hayas domesticado, será maravilloso! El trigo, que es dorado, me traerá tu recuerdo. Y me agradará el rumor del viento en el trigo…

La zorra calló y miró largo tiempo al principito:

– ¡Por favor… domestícame! —dijo.

– Como quieras —respondió el principito—, pero no tengo mucho tiempo. Tengo que encontrar amigos y conocer muchas cosas.

– Sólo se conocen las cosas que se domestican —dijo la zorra—. Los hombres ya no tienen tiempo de conocer nada. Compran cosas hechas a los vendedores. Pero como no existen vendedores de amigos, los hombres ya no tienen amigos. ¡Si quieres un amigo, domestícame!

– ¿Qué hay que hacer? —dijo el principito.

– Hay que ser muy paciente —respondió la zorra—. Empezarás a sentarte un poco lejos de mí, así, en la hierba. Te miraré de reojo y no dirás nada. El lenguaje es fuente de malentendidos. Pero cada día podrás sentarte un poco más cerca…»[3].

    Después de pintar en su mente con esta historia cómo debe ser la relación entre los maestros y los jóvenes y viceversa, veamos algunos consejos.

    Consejos para tutores y supervisores de jóvenes:

  • Como dijimos anteriormente, los maestros no pueden estar apurados y deben buscar actividades que logren el roce entre los jóvenes y con ellos. Es aquí donde también podrá conocerlos mejor y además crear lazos que desarrollen la “domesticación”.
  • Los maestros de jóvenes deben poner metas a sus discípulos. El mundo de hoy está transformando esta área poniendo las cosas más fáciles, porque se quiere graduar más alumnos para contar entonces con más financiamiento. Se va creando así una sociedad de personas que quieren las cosas con el mínimo de esfuerzo, porque no saben enfrentar barreras. Imagine que en la iglesia ni siquiera las barreras o metas mínimas las enfrentan, van pasando de edad a edad, de programa en programa, recibiendo lo que les “toca”. En algunas congregaciones hasta los fondos para divertirse con tal de que estén contentos y se queden son mayores cada día, sin darse cuenta de que así se irán mucho más rápido porque cuando les toque enfrentar las barreras de la vida y no puedan la frustración les sacará de la vida cristiana.
  • Los maestros de cualquier nivel deben invertir tiempo en prepararse para las clases. No sólo en cuanto a dominar el contenido para poderlo usar en cualquier forma, sino también en cuanto a conocer a sus pupilos.
  • También han de dedicar tiempo a actividades fuera del temario aquí presentado, como pueden ser salidas de aventuras, excursiones a lugares de interés, vigilias de oración, diversiones, etc.
  • Uno de los errores que se ha cometido en la historia y que hoy tanto se lucha en la iglesia contra eso sin lograr hacerlo de manera efectiva, es dejar de tratar de crear “pollos” cristianos. Como en una pollera, se pretende que cada joven “engorde” igual porque todos comen el mismo “pienso”. El joven es rebelde y crítico por naturaleza, siempre va a estar en contra de ese formato. Él desea un espacio para llegar por sí mismo a conclusiones y para debatir sus inquietudes en un ambiente donde no lo desechen por sus opiniones. Como dijo alguno de los reformadores, la iglesia debería formar “herejes” que amen la verdad[4]. Si la verdad es de Dios todo el que la busque sinceramente la encontrará[5].
  • Indiscutiblemente, el uso de la tecnología entre los jóvenes es un recurso muy útil para sus maestros. Sin embargo, se debe tener en cuenta que esta se desarrolla en una forma tan rápida que invertir en ella es más desastroso que beneficioso. Entonces, se debe usar con cierto cuidado, sin un formato rígido, sino flexible, como una herramienta más y no como la principal. Por eso un maestro que ame lo que hace y a la vez esté bien formado, siempre será quien mejor puede hacer uso libre y no esclavizado de ella.
  • El maestro debe convencer a sus jóvenes de que hay que trabajar, que deben cosechar a través del esfuerzo que pongan en lo que hagan. Cuando ellos le sigan en esto irán entendiendo que aquello que sucede en la clase es para un objetivo superior: Formarse como la nueva generación de hijos de Dios que debe continuar el reto de fortalecer y extender Su reino.
  • El maestro es el encargado de hacer que cada joven ame no sólo ser cristiano en la santidad de Dios, sino que debe lograr estimular el deseo de concentrarse en un área de ministerio del reino. Es necesario transmitir a la generación de hoy que la victoria de la vida no se encuentra en el éxito secular que cada cual logre, sino en ser útil para el Reino de Dios. Es imposible que alguien diga, después de haber crecido en la iglesia, que él no ha sido llamado por Dios para servirle. La realidad es que no ha escuchado o no le han enseñado a escuchar, porque Dios llama a todos sus hijos a servirle. El maestro de jóvenes debe descubrir los potenciales en ellos y alentarles o motivarles a consagrar sus vidas al servicio a Dios. Esto no quiere decir ser obreros a tiempo completo, aunque puede ser una opción más, sino más bien mostrarles que el servicio a Dios no consiste en un empleo, es consagración y prioridad a los asuntos de Él. Se puede ser ingeniero en una fábrica y, a la vez, siervo de Dios consagrado a la obra de Él en un área específica, como la visitación a enfermos, orando por ellos y dándoles ánimo.
  • Los jóvenes muchas veces se encuentran en encrucijadas: ¿Qué estudio? ¿Cómo me divierto? ¿Qué hago con este amigo? ¿Encontraré pareja? ¿Seré atractivo?. El problema está cuando los maestros desvalorizan esas preguntas o quieren darles su propia opinión del asunto. Un maestro de jóvenes debe enseñar a tomar decisiones bajo la voluntad de Dios, aun cuando brinde su propia perspectiva del asunto. Nada como aprender a ser libre y, mucho más, cuando en esa libertad se puede buscar la voluntad de Dios por ser agradable y perfecta[6].
  • El maestro de jóvenes debe hacer que ellos vean la Biblia con pasión, que deseen escudriñarla porque es dulce como la miel, refresca como el agua y alimenta como el maná. Qué triste ver hoy a tanta gente adulta que creció en la iglesia que sólo conocen las historias de la Biblia que oyó en la infancia, se emocionan y se enorgullecen de eso, pero es como si su motor impulsor para acercarse a las Escrituras se hubiera apagado. Algunos dicen: «¡Es que no me gusta leer! ¡Es que no me gusta estudiar!». La realidad no es que no les guste, es que no les enseñaron la “pasión” por la Biblia.
  • El secreto más grande para lograr entre jóvenes, o en cualquier nivel, es despertar la curiosidad. Porque esto es innato en cualquier ser humano. Es como una esponja dentro de un depósito de agua, absorber el agua no es una opción es su forma natural de existencia. El maestro no debe motivar la curiosidad, sino descubrirla. Una vez hecho esto, podrá ir proveyéndole para así alimentarla y el joven irá por sí mismo captando soluciones y administrándolas en función de cada caso.
  • Es sumamente sugerida aquí la formación de un ministerio de jóvenes paralelo a las clases para que ellos puedan ir logrando su experiencia en el liderazgo cristiano[7].

[1] Localismo usado en la comarca de La Manchuela, específicamente Albacete y Cuenca, que significa persona generosa o buena, una cosa que está bien o expresión de conformidad y afirmación.

[2] Friedrich Wilhelm Nietzsche, obras completas. Diego Sánchez Meca, vol. III, TECNOS.

[3]El principito, Antoine de Saint-Exupéry, Mariner Books (ISBN: 978-0156013925).

[4] Aquí no se usa esta palabra en su mal uso cotidiano de alguien rebelde a lo establecido formalmente por un dogma religioso, sino irónicamente en su uso etimológico. Esto es: el pensamiento u opinión particular o específico sobre un punto determinado.

[5] Jr. 5.1; Mt .7.7-8.

[6] Ro 12.2.

[7] El apéndice I trae un modelo para este ministerio.

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