La mayoría de los lectores contemporáneos asumen que “cristiano” es el nombre original y definitivo de los seguidores de Jesús. Sin embargo, esta es una verdad filtrada por el griego. Cuando excavamos bajo la capa del Koiné en la que nos llegaron los escritos apostólicos, descubrimos un mapa de identidades hebraicas y orientales que el Imperio Romano terminó por uniformar. Antes de ser “cristianos”, los seguidores del Mashiaj fueron nombrados por la tierra y la lengua que los vio nacer.
1. El sustrato hebraico: Los Nasraye y el “Netzer”.
Mucho antes de que los escritos apostólicos se expandieran en griego, la comunidad original se identificaba en su matriz semítica. El término griego Christianoi (Hechos 11:26) fue, en origen, una etiqueta externa, posiblemente despectiva, impuesta por los habitantes de Antioquía. Pero en el corazón de la comunidad de habla aramea y siríaca, ellos eran los Nasraye (ܢܨܪ̈ܝܐ).
Este término, preservado en la Peshitta (la versión siríaca de la Biblia), no es un gentilicio de Nazaret, sino un título mesiánico. Deriva del hebreo Netzer (ܢܨܪ), el “Vástago” o “Renuevo” prometido en Isaías 11:1. Al llamarse Nasraye, la iglesia de la Peshitta afirmaba que no practicaban una religión nueva, sino que eran las ramas injertadas en el renuevo de Isaí. Para ellos, Jesús no era un “personaje griego”, sino el Mashiaj hebreo.
2. El Siriaco y la Peshitta: La persistencia de los Mshikhaye.
En los centros teológicos de Edesa y Nísibis, el siríaco produjo una de las literaturas más ricas del cristianismo primitivo. En las Homilías de Afraates (el “Sabio Persa”, siglo IV), el autor no apela a la terminología romana, sino que utiliza Mshikhaye (ܡܫܝܚܝܐ) —Mesiánicos—.
Para Afraates y los escribas de la Peshitta, la fe se definía por la unión con el Mshikha. En sus textos, como el Diatessaron de Taciano, la identidad del creyente es la de un “extranjero” (aksnaya) en el mundo, cuya ciudadanía no pertenece al Imperio, sino al Reino del Mesías. Aquí, la palabra “cristiano” es inexistente o secundaria frente al peso de la alianza mesiánica.
3. El Copto y los Textos de Nag Hammadi: Los “Elegidos” del Egipto.
Al descender hacia el Alto Egipto, el cristianismo de los siglos II y III se expresó en copto. En este contexto, la identidad se alejó de la política imperial para centrarse en la naturaleza espiritual. En el Evangelio de Felipe (uno de los códices de Nag Hammadi), encontramos una distinción fascinante: se habla de los seguidores de Jesús como aquellos que han recibido la “unción” (p-soh).
Para un hablante de copto sahídico, la identidad no era una etiqueta social, sino una condición interna. En las Cartas de San Antonio el Grande, el padre del monacato, el enfoque está en la transformación del hombre en una “nueva criatura”. Para estas comunidades, el término griego Christianoi era un formalismo administrativo de Alejandría, mientras que su realidad vivida era la de los “Gnósticos” (en el sentido de los que conocen a Dios) o los “Apartados”.
4. El Ge’ez y el Legado de Aksum: Los Mshikhawi de Etiopía.
Etiopía presenta el caso más robusto de una identidad que nunca se desprendió de sus raíces judías. En su lengua sagrada, el Ge’ez, el término es Mshikhawi. Esta identidad está cimentada en el Kebra Nagast (“La Gloria de los Reyes”), el texto nacional y religioso de Etiopía.
En este cristianismo, la identidad no se define por la ruptura con el Antiguo Testamento, sino por su continuidad. El seguidor del Mashiaj en Etiopía se ve a sí mismo como un heredero del Arca de la Alianza. Su nombre, Mshikhawi, no es una categoría religiosa romana, sino una categoría real y linajística: son los hombres del Rey Mesías, descendientes espirituales de Salomón.
El velo del griego.
La historia nos ha llegado en griego, y con ella, la palabra “cristiano”. Sin embargo, la arqueología lingüística de la Peshitta, los códices coptos y los manuscritos de Aksum nos devuelven una imagen más vibrante y diversa.
Al recuperar nombres como Nasraye o Mshikhawi, descorremos el velo de la institucionalización romana. Descubrimos que la fe original no era una estructura uniforme bajo un decreto estatal, sino una explosión de comunidades que se entendían a sí mismas como el Renuevo, la Unción y el Linaje del Mashiaj. Quizás, al soltar la etiqueta de “cristianos”, podamos volver a abrazar la identidad del Vástago.
Autor: Dr. Liber Aguiar
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