En el imaginario contemporáneo, la palabra “Apocalipsis” evoca inmediatamente imágenes de catástrofe global, jinetes espectrales y el colapso del tiempo. Sin embargo, esta carga semántica es un sedimento de casi dos mil años de interpretación cultural. Para entender la fuerza original del término, debemos despojarlo de su armadura catastrófica y devolverlo a su contexto lingüístico, donde se encuentra con un compañero inseparable: el verbo γίνομαι (gínomai), particularmente en su forma de aoristo ἐγένετο (egéneto: “sucedió”, “llegó a ser”).
1. El Velo y el Fenómeno Helenístico
Para el mundo griego, una apokálypsis no era un género literario, sino una acción física o intelectual: el acto de “desvelar” (apo: fuera; kalýptō: cubrir). De ahí que en la filosofía y la mística helénica, la verdad (alētheia) a menudo se entendía como un “desocultamiento”.
Sin embargo, el pensamiento griego tendía a lo eterno y lo inmutable. Aquí es donde el uso de gínomai marcaba una diferencia crucial. Mientras que las verdades de las Ideas platónicas simplemente “son” (eimí), el mundo de los sentidos es el reino del “llegar a ser” (gínomai). Una revelación en el contexto helénico era el momento en que una verdad eterna irrumpía en el flujo del devenir. No era una abstracción estática; era un evento que alteraba la percepción del observador en un momento dado.
2. El “Suceder” Divino en la Septuaginta (LXX)
Cuando los traductores judíos en Alejandría vertieron las Escrituras hebreas al griego, se enfrentaron al desafío de traducir la fórmula profética del hebreo wayehi (“y fue”, “y aconteció”), para lo cual eligieron ἐγένετο (egéneto). Y de esta manera dejaron plasmado a través de la LXX, que la revelación divina deja de ser un proceso especulativo para convertirse en un acontecimiento histórico. No se trata de una iluminación gradual, sino de un hecho puntual. Cuando el texto dice “y sucedió (egéneto) que la mano del Señor estuvo sobre mí”, está vinculando la revelación (apokálypsis en sentido lato) con la cronología humana. Y así la revelación no es solo un “qué”, sino un “cuándo”. El uso del aoristo egéneto confiere a la revelación una cualidad de dato objetivo: es algo que “tuvo lugar”, tan real como una batalla o el decreto de un rey.
3. El Apocalipsis de Juan
Al llegar al texto de Juan de Patmos, la expresión inicial es crucial: Apokálypsis Iēsou Christou (“desocultamiento de Jesucristo”). Es vital comprender que Juan no está usando “Apocalipsis” como el nombre de un género (como “Novela” o “Ensayo”), sino como el anuncio de un suceso inminente. Para Juan y sus primeros lectores, el término no tenía las implicaciones de “fin del mundo” que tiene hoy. Se refería al acto de quitar el velo a la realidad presente para mostrar quién es el verdadero Señor de la historia detrás del escenario político actual. Al unir este “desocultamiento” con la estructura narrativa del egéneto (el constante “suceder” de las visiones en el texto), Juan presenta el contenido no como una teoría del futuro, sino como una experiencia que está aconteciendo.
4. La Relectura de la Revelación
Interpretar el libro de Juan bajo la definición moderna de “Apocalipsis” —como sinónimo de destrucción— distorsiona completamente la relación lingüística original. Si entendemos la Apokálypsis como un sustantivo abstracto divorciado del egéneto, corremos el riesgo de tratar el libro como un “manual de eventos futuros” o una “hoja de ruta del desastre”. Sin embargo, si recuperamos el valor del aoristo egéneto y la naturaleza dinámica del término griego, la perspectiva cambia. Todo el contenido del libro se transforma de un “pronóstico” a una “manifestación”.
Lo que Juan describe no tiene por qué ser interpretado necesariamente como una secuencia lineal de eventos cronológicos lejanos, sino como la revelación de la naturaleza profunda de la realidad que “llega a ser” patente ante los ojos del creyente. Al final, la relación entre apokálypsis y egéneto sugiere que el texto no busca predecir el fin de la historia tanto como revelar el propósito de la historia a través de sucesos que, en el momento de la visión, ya han comenzado a “llegar a ser”.
El Velo que Cae en el Tiempo
En definitiva, rescatar la relación entre la Apokálypsis y el egéneto nos obliga a desplazar el foco de la especulación hacia el acontecimiento. Mientras que el lector moderno busca en el Apocalipsis un sustantivo —una “cosa” llamada fin del mundo—, el lenguaje original de Juan, enraizado en el uso helénico y la tradición de la Septuaginta, ofrece un verbo: un “suceder” que rasga la cotidianidad. Entender que para el mundo antiguo la revelación era un hecho que “llegaba a ser” en el tiempo (aoristo) y no una doctrina estática, transforma nuestra lectura del texto. El Apocalipsis deja de ser entonces un enigma sobre el “mañana” para convertirse en una lente sobre el “ahora”, donde lo divino no solo se piensa, sino que, de manera irrevocable, sucede.
Autor: Dr. Liber Aguiar.
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