Porción 92: Mejor hablemos bien.

Texto áureo: Nm. 12

Lecturas para adultos en la semana:
Nm. 12; Jos. 23; Sal. 138-139; Mt. 17.1-13; Stg. 2.14-26; Stg. 4.11-17

Descripción del tema:
1. Hablar negativamente de otros mintiendo y con malas intenciones tiene la desaprobación de Dios y, por tanto, Su sentencia. El método más simple para no caer en esta falta es abstenerse, o sea no solo callar sino también no permitirles a los demás hacerlo ante nosotros. Esto implica autodisciplina y firmeza de carácter. Sin embargo, el método más efectivo es no permitir pensamientos que se enfoquen en esto. Claro está, no quiere decir que no se hable de las faltas de otros, sino que cuando se haga no sea en ningún sentido con un disfrute de hacerlo o para crear un estado de ánimo desfavorable en los oyentes hacia la persona en cuestión, sólo permítase hablar negativamente de alguien para hacer cosas a favor de ellos.

2. Algo muy importante del hablar mal de los demás es que siempre tendrá consecuencias. Como dice el apóstol Jacob (Santiago), es una chispa que incendia un gran bosque[1]. ¿Qué pretendían con esa conversación María y Aarón? ¿El divorcio de Moisés, el rechazo a su liderazgo por el pueblo o la sustitución de su liderazgo por el de alguno de ellos? Es por eso Aarón necesitó reconocer que fue una conversación necia y se arrepintió.

3. Un poco en defensa, no de lo mal hecho, sino de la persona de Miriam podemos hacernos varias preguntas: ¿No es extraño que alguien como ella se dedicara a los chismes? ¿Ella, que hizo tanto por Moisés (incluso antes de este nacer) o por el pueblo (dirigiendo y enseñando a las mujeres a tener coraje y fe en Dios), se rebajaría a hablar negativamente sobre el profeta más grandioso que había tenido delante, que indudablemente respetaba y apreciaba más que a nadie? Quizás ahora, luego de haber aprendido sobre las fortalezas y las virtudes de Miriam, podemos llegar a entender la raíz de su error. La razón y el foco de su vida era construir y fortalecer el núcleo espiritual y físico de la familia hebrea, lo que constituiría las bases de la naciente nación de Israel. El peligro de esto, ―y fíjese que fue castigada siete días fuera del campamento que tanto amó―, era que estaba poniendo eso por encima del amor a Dios y a su mismísimo “prójimo” (Moisés). Algo parecido a lo que le pasó aquella iglesia del Apocalipsis (Éfeso). La calumnia y el chisme es en realidad la última defensa contra nuestra propia sensación de incompetencia e inseguridad, por eso su raíz es realmente una patología espiritual. Sólo si estamos dispuestos a pasar por encima de eso podremos sentir amor y amistad verdaderos hacia nuestro prójimo. En cuanto a Miriam podemos decir que a los siete días se le quitó la enfermedad de la piel y regresó porque le creyó a Dios.

4. En este texto aparece el único momento en que se describe a Moisés directamente por Dios: «un hombre muy manso». En una gran parte del mundo se evita esta característica porque es síntoma de debilidad para algunos. Sin embargo, esto es lo que hacía fuerte a Moisés era manso con la mayoría de los reclamos del pueblo de tal manera que Dios era quien peleaba por él.

5. Esta porción también deja claro que la comunicación de Dios con los profetas sería de dos maneras específicas: (1) A través de visiones, (2) A través de sueños. Aunque en el caso de Moisés fue algo más especial, era cara a cara. Esto dejó una huella muy honda en el pueblo y siglos después, por lo que Jesús tiene que aclarar a aquellos que estaban fascinados con la persona de Moisés que Él era mayor, pues era la Cara con que hablaba Moisés[2].

Preguntas:
a) Investigue a qué se refiere que sea una mujer cusita.

b) ¿Por qué cree usted que se puede decir que Moisés habló con Jesús?

c) A la luz de esta porción, ¿qué serían las pasiones a que se refiere Stg. 4.1?

d) ¿Cómo considera usted que Mt. 17.1-13 se relaciona con esta porción?


[1] Stg. 3

[2] Hasta hoy en día, en el judaísmo rabínico, ni el mashiaj podrá compararse con Moisés. Es por esto el testimonio tan fuerte que dejaron los apóstoles al respecto (Hb. 3.1-6).