Pasada la segunda mitad del siglo I para el camino.

En vida aún de los apóstoles, pasada la primera mitad del siglo I, aparecieron varios grupos que no armonizaban con el cuerpo doctrinal de los del Camino. Pero esto no se puede analizar de forma simplista bajo la presuposición de cómo vive la iglesia en la actualidad.

En primer lugar, no había edificios denominacionales, ni grupos definidos con un nombre especifico o doctrinas, todos estaban mezclados y comenzaron a ir identificándose por un maestro al que seguían. Por ejemplo, al grupo del Camino entre los israelíes a muy grandes rasgos, veremos que a unos les era difícil zafarse de sus matices sectarios producidos por el paradigma del nomos[1]. Otros, dentro de los propios judíos reinterpretaron la enseñanza de mesiánica a la luz de la gnosis[2]. Estos grupos facilitaron las cosas para que los gentiles, que desconocían la Escritura, reinterpretaran a veces en una versión libre extrema todo el evangelio.

Sin embargo, como consecuencia de los diferentes enfrentamiento de los judíos con el imperio y también de la realidad lógica de una mayoría abrumadora de gentiles de todas las naciones en comparación a ellos, el grupo que creció más rápido para el siglo II fue el de los gentiles. Entre los que surgieron reinterpretaciones asociadas con sus trasfondos paganos y filosóficos. Aunque estos últimos se conocen como los gnósticos no podemos entenderlos como un grupo definido doctrinalmente, sino como una maza homogénea muy mixta y pluralista (menandristas, valentinianos, marcionistas, etc.). Unos llegaban al extremo de considerar al Dios creador y legislador como demonio, mientras los otros veían la ley como algo antiguo y sustituible por la tradición de algún apóstol, o simplemente asimilaban el cristianismo y lo defendían como la esencia mística de un conocimiento y nada más.

Muchos de los grupos, con opiniones propias, reinterpretaron la enseñanza del apóstol a los gentiles (Pablo), como un andar totalmente fuera de la ley Mosaica. Ellos no lograban distinguir la oposición del apóstol, como fue la de Jesús y del resto de los discípulos, hacía los preceptos sectarios y nunca hacía la ley santa de Dios. Como tampoco distinguían en su oposición a la “actitud” de algunos hacia la ley y no contra la “naturaleza” de la ella.

Estos grupos veían a la Gracia y a la Santidad, como el andar correcto, pero no con los patrones divinos que aparecían en la Escritura y bajo los cuales Jesús había vivido. Para ellos el buen vivir comenzó a ser el que su lógica o alguna revelación mística les dictaba.

Guiados por esta óptica desecharon todas las tradiciones que venía de los judíos fueren buenas (por estar en armonía con la Escritura) o no, pero como no se puede vivir sin el diario quehacer llenaron el vacío creado con prácticas paganas previamente evaluadas y rediseñadas por ellos. Como aquel cuento en que la madre bañó a su bebé, ellos botaron junto con el agua sucia al bebé.

Aunque hemos señalado a varios grupos, debemos entender que la cristiandad en general estaba recibiendo influencias variadas a través de perspectivas, prejuicios y formas de proyectarse en lo personal y en la vida de comunidad. En medio de las presiones que producía una persecución tan férrea hacia ellos, esas influencia variadas se fueron convirtiendo en parte de la vida cotidiana de muchos grupos cristianos que llegaron a estar organizados en diferentes patriarcados.

Al llegar el momento en que se detuvo la persecución y darse la posibilidad de legalizar el Camino según la ley imperial romana, apareció la estocada final que transformaría a la iglesia en lo que conocemos hoy institucionalmente hablando. Pues para legalizarla había que definir varias cosas que hasta el momento eran variados: detalles de su credo, forma de reuniones, celebraciones, etc. Para definir todo esto se celebró en el 325 d.C., un concilio en la ciudad de Nicea, tomando como referencia a la iglesia capitalina principalmente. Es por eso que encontramos que de más de 1500 obispos invitados solo asistieron 250 aproximadamente.

Sin embargo, y sin en animo de defenderles, aunque hay una tendencia entre algunos historiadores y críticos a mirar esto como una facultad arbitraria asumida por ellos, también se debe entender como una maniobra de supervivencia para darle forma a las tan disímiles perspectivas, buscando más opciones para cumplir con la gran comisión dada, que para ellos implicaba el cómo conquistar al imperio si en su seno estaban tan fraccionados.

Aunque hubo un 70% de ausencias al concilio de donde podemos entender que no todos estaban de acuerdo con aquella supremacía a la romana, aquel inicio dio resultados a largo plazo y con el tiempo la unificación se logró y no hubo otro gran cisma hasta después del siglo XI.

Si tomamos una imagen de la iglesia en los primeros dos siglos y la comparamos con la iglesia que salió de Nicea veremos un contraste muy grande. No solo en cuanto a postulados y puntos centrales de sus creencias, sino también en cuanto al Camino diario a seguir.

Cuando se eliminan todas las tradiciones e interpretaciones que fueron canteras para los apóstoles y que el mismo Jesús aprobó en su vivir, debemos entender que los vacíos dejados deben ser llenados por otras tradiciones, así de simple. Estos reemplazos buscarán en la Escritura su anclaje, claro está, para que todos los que piensan diferente puedan sumarse bíblicamente justificados. Por eso en aquel entonces muchos grupos fueron convencidos y sumados, aunque unos pocos se añadieron a la fuerza. Es así como el evangelismo en tiempos del medioevo se convirtió en una de las aberraciones más grandes de la historia.

[1] Palabra griega que hace referencia a la ley. Había una concepción al respecto muy fuerte que venía desde Platón, en donde la ley de Dios (las leyes naturales) eran invariables, mientras las leyes sociales eran variables porque dependería de lo cambiante del ser humano. Este concepto iba definiendo y combatiendo contra el concepto hebraico de ley (torá), que incluía leyes sociales y naturales descritas por Moisés e interpretada por alguna secta.

[2] Palabra griega usada por los cristianos que describir la visión “científica” secular con respecto a Dios, la relación con Él y a todo lo que rodea al hombre.

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