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El reto de la primera mitad del siglo I para el Camino.

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Para tener una claridad al respecto debemos contextualizar nuestra mente con lo que estaba ocurriendo en esa primera mitad del siglo I, en cuanto a aquellos seguidores del Mesías Yeshúa. En los tres primeros años, todo ellos pertenecían al linaje de Israel, provenientes de las diferentes sectas oficiales o simplemente de ninguna de ellas, pero todos tenían en común que entendían perfectamente la necesidad de caminar en su vida diaria a la luz de las actualizaciones hechas por Jesús en cuanto a las disposiciones de la ley llamadas en hebreo jukim y a la nueva capacidad espiritual de cumplir con las demandas de la santidad divina.

Las sectas oficiales nacidas en el acervo religioso de Israel reclamaban para sí la correcta interpretación de la práctica y obediencia de la ley. Así que eso traía un contraste entre cada uno de ellos y esta nueva secta que se auto titulaba los del Camino. ¿Por qué se llamaban así? Pues porque su camino (la forma de vivir la ley de Dios) era nuevo para el resto y eso les daba una nueva identidad.

Como sabemos este Camino comenzó a construirse con el ministerio mesiánico y en la fiesta del Pentecostés (Shavuot en hebreo), después de la consumación salvífica, tuvo también su consumación espiritual en todos aquellos discípulos que Él tuvo.  Sin embargo, aunque todo esto ocurría entre Israelitas, tres años más tarde también tuvo la consumación de la promesa dada a Abraham para los gentiles (Gn 12:3; Hch 10).

Es bueno entender que siempre hubo gentiles entrando por conversión a Israel, como son los casos de Rahab y Rut), pero para el siglo I se había un fenómeno que nunca había aparecido antes y es que una de las sectas oficiales (los fariseos), se había tomado esto en serio y habían desarrollado toda una estrategia de proselitismo. Cosa que en ocasiones llevó al imperio romano a prohibir esto.

Sin embargo, aunque esto estaba ocurriendo, la realidad es que la mayoría de los gentiles quedaba sólo en un círculo externo de la práctica de Israel, como consecuencia al exceso de la rigurosidad legalista de esta secta, que cada vez añadían más reglas a la vida piadosa.

En el caso de los del Camino, después de aquel “Pentecostés” para los gentiles ocurrido en casa de Cornelio, muchos comenzaron a sumarse al nuevo grupo. A ellos se les enseñaban como prioridad el Tanáj (Hch 15:19-21) que era la Biblia de aquel entonces a la luz de la enseñanza mesiánica que les llegaría por tradición oral.

Desde aquel momento aparecerían dos preguntas clave para ellos: ¿Cuál sería la práctica para los gentiles? ¿Qué secta tendría el privilegio de enseñar? Sin embargo, para encaminar a este nuevo grupo de gentiles el Señor trajo un apóstol que había experimentado en sí mismo el fraccionamiento sectario, al extremo de convertirlo en un asesino violador de la propia ley que tanto amaba. Él conocía la ley de Moisés, los Midrash de las diferentes sectas y la Mishná oral de los fariseos en un alto grado de detalles. Pero el sello de su elección sería el entrenamiento que el Mesías mismo le daría que tuvo su inicio en un periodo de tres años en el desierto.

Así cumplía con uno de los requisitos apostólicos: El haber estado con Yeshúa desde el bautizo y ser testigos de su muerte y resurrección (Hch 1:1-21-22). Y por eso es aceptado por el resto de los apóstoles cuando él les pudo mostrar lo aprendido bajo una revelación especial del Jesús mismo, e inclusive con detalles que sólo los apóstoles conocían (Ga 1:11- 12; 1ªCo 11:23).

Es este apóstol quien va a guiar al resto en cómo debía ser la aceptación e instrucción de los nuevos discípulos venidos del mundo gentil. Claro está que eso también meritaba la corrección de los ya salvados de dentro de Israel que debían aprender a cómo lidiar con los nuevos hermanos. Que no por ser neófitos en la escritura y en todo el camino estarían sometidos siempre a esa realidad. Así que la tarea por delante era ardua, por un lado, seguir extendiéndose dentro y fuera de los judíos y por otra discipular de cero a los gentiles.

Como todo reto implicaba peligros:
1. Los nuevos discípulos podían interpretar todo el nuevo Camino a la luz de sus paradigmas personales llegando a tergiversarlo.
2. Los gentiles debían aprender tanto que cualquiera podía presentarse ante ellos como maestro cuando en realidad era también un neófito en cuanto al Camino.
3. Las nuevas tergiversaciones podían convertirse en grupos visiblemente opuestos a la iglesia o simplemente crecer en medio de ella carcomiéndola desde adentro.

Autor: Dr. Liber Aguiar.

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